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Teodor Herzl, el hombre del sombrero de copa.
El sionismo nació, luchó y se consolidó como un movimiento libertador y solo desde una perspectiva de civilización y progreso, tuvo sentido. Por tanto, su aportación al pensamiento de la humanidad tiene que ver con los conceptos más nobles que pueden movilizarnos: la libertad, la convivencia, la tolerancia, la cultura y la justicia.
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Su estampa, paseando con sombrero de copa y bastón, por las calles de Budapest y de Viena, debía ser de una gran elegancia. Las imágenes que tenemos de él, nos retrotraen a las épocas de las barbas densas y cuidadas, el cuello almidonado de la camisa, el porte altivo, la mirada intensa. Me imagino una voz honda y un agudo sentido del humor. Quizás ese humor judío, tan punzante. Debió ser un hombre de gran categoría. Y no me refiero solo al carisma del líder, o a la mente visionaria del estadista, sino más a ras de tierra, me refiero al hombre. He leído suficientes biografías de grandes nombres propios, como para saber que no siempre el hombre alcanza la categoría moral de su propio mito. ¡Cuántos personajes siniestros debajo de la piel de la fama! ¡Cuánta miseria cohabitando con la rutilancia de un papel en la historia! Pero Teodor Herzl dejó pistas muy precisas de sus valores morales, y, más allá de las palabras que marcaron el futuro de su propio pueblo, sus actos hablan de él, y hablan con grandeza.
Podría haber pasado por la vida sin complicársela, rico, judío pero asimilado, bien relacionado, ajeno a las vicisitudes y las tragedias que vivía su propio pueblo. Pero no todos los hombres pasean por la realidad con el espejo de Stendhal, como si la observaran sin vocación de cambiarla. El espejo de Herzl, situado ante la imagen vergonzosa de esa muchedumbre enloquecida que gritaba “¡Muerte a los judíos!”, mientras contemplaba la ceremonia de degradación del capitán Alfred Dreyfus, ese espejo se rompió en añicos, y Teodor Herzl pasó, de ser el despreocupado corresponsal en París del liberal “Neue Freie Presse” vienés y autor de comedias en el Wallner Theater de Berlín, a ser el estadista que escribiría, en 1895, el “Der Judenstaat”. “Había cesado la vida y se había iniciado el cosmos”, relató él mismo, mientras contemplaba los saqueos de tiendas a judíos, la destrucción de las aulas de la Universidad de Rennes, desde donde se había pedido una revisión de la condena, el intento de asesinato de Fernand Labori, el abogado defensor de Dreyfus, las violentas arengas de “La libre Parole”, incitando al odio antisemita, incluso la militante actitud judeofoba de un hombre que él admiraba como Paul Valery ¡Y todo ello en Francia, la patria de las libertades!… Herlz había vivido algunos episodios antijudíos en su juventud, pero el espejo roto del affaire Dreyfus le reflejaba algo mucho más profundo: una cultura del odio densa, implacable, ancestral y, por lo que parecía, irresoluble. Y lo llevaba a una conclusión clave: la asimilación no era, ni sería nunca, la solución.
Y, en 1895 escribió algo más de cien páginas que nacieron con vocación de hacer historia: “Der Judenstaat”, publicado en Viena y en Leipzig en el 96, y traducido inmediatamente al inglés, francés y ruso. Pocos meses habían pasado desde el ignominioso proceso contra Dreyfus, que llevaron al único capitán judío del ejército francés a una prisión perpetua en la “Isla del Diablo”. Pero, para el pueblo judío, esos meses fueron la clave de un cambio radical de ciclo: el pueblo que había sido perseguido secularmente, aunque nunca totalmente dominado, volvía a ponerse en pie. Algunos estudiosos comparan el impacto del libro de Herzl, con obras de teoría política tan fundamentales como el “Contrato Social” de Rousseau. El hecho es que, para los miles de judíos pobres y perseguidos de la Europa oriental, y para los miles de la otra Europa, la que no les enviaba cosacos con látigos, ni perpetraba progroms, pero gritaba “Muerte a los judíos” en las calles de Francia, o encumbraba como alcalde de Viena, a personajes de la catadura judeofoba de Kart Lueger, bien arropado por todo tipo de agresiones antisemitas, para todos ellos, el libro “El estado judío” significó un auténtico renacer. Así pues, sin haberlo buscado premeditadamente, sin tener ningún halo profético, sin ser un judío militante y comprometido, Teodor Herzl se convertía en un Abraham de la modernidad. O quizás, tocado por la urgencia histórica, sería a la vez Abraham y Josué, guía en la lenta travesía del desierto, pero también el visionario que vislumbraba las murallas de Jericó y decidía derrumbarlas. No en vano, en ese 29 de agosto de 1897, reunidos, en el Casino Municipal de Basilea, ciento noventa y siete delegados de dieciséis países, pobres en su mayoría pero rigurosamente vestidos de frac y sombrero alto, Teodor Herzl fue recibido con la mítica expresión del pueblo judío libre: “Tejí Hamélej!”. ¡Qué viva el Rey! Las masas pobres y perseguidas de judíos del mundo le daban, así, el amparo y el apoyo que no le habían dado ni los grandes rabinos ni las grandes fortunas (barón de Rothschild incluido), ni la plutocracia judía de la época. No en vano es importante recordar que el primer Congreso sionista tenía que realizarse en Munich, y fueron los Protestrabbiner, los rabinos alemanes, los que consiguieron que el gobierno bávaro no autorizase su celebración. Temían que cualquier proceso sionista relevante alimentara aún más a la bestia antisemita.
“Tejí Hamélej”, rey fue, un rey sin trono pero con toda la fuerza moral de los grandes patriarcas, capaz de escribir un futuro de esperanza allí donde la mayoría solo veían la negritud del presente. “En Basilea he fundado el Estado Judío. Dentro de 50 años cualquiera podrá verlo con sus propios ojos”, escribía en su diario personal. Cincuenta años después, y con la pesada carga de la tragedia de la Shoá a las espaldas, los restos del naufragio judío se reunían alrededor del Museo Municipal de Tel-Aviv. “Am Israel jai be-Israel”, pronunció con voz atronadora Ben Gurión, y la profecía de Herzl se cumplió con increíble precisión: el pueblo de Israel vivía ya y vivirá para siempre, en Israel. Ondeando en todas las esquinas de la patria recuperada, la bandera que Daniel Wolffsohn había elegido para el nuevo estado libre. Esos chales de oración, antaño símbolo de la vida judía escondida y perseguida, y a partir de un 14 de mayo de 1948, convertida en la imagen orgullosa y pública de un país libre.
La conversación entre Sir Arthur James Balfour, líder del Partido Conservador británico, y Haim Weizmann, representante del Congreso
Sionista, fue en estos términos, según leo en unos textos de la Fundación Wallenberg. Estábamos en los albores del Siglo XX, y la Gran Bretaña acababa de ofrecer Uganda como sede del futuro estado judío: “Señor Balfour, suponiendo que yo le ofreciese París en lugar de Londres, ¿la aceptaría?” “Pero, doctor Weizmann, nosotros tenemos Londres”. “Es cierto, pero nosotros teníamos a Jerusalén cuando Londres era un pantano”.
Esta anécdota, y las otras muchas que podríamos citar de los densos años de negociaciones y luchas por conseguir el estado, parece, en perspectiva actual, jocosa pero previsible. Sin embargo, para llegar a la frase de
Weizmann, y, muy especialmente, para llegar al estado de ánimo colectivo
que permitió verbalizar esa frase, el pueblo judío tuvo que hacer un largo recorrido. Y, sin ninguna duda, y más allá de cualquier exageración
intelectual, Biniamin Zeev Herzl, nacido en Budapest en 1860 en el seno de una acomodada familia sefardí ( con probable origen catalán; el apellido
“Diamant” de su madre es revelador), educado en el iluminismo germano, convencido secularista, escritor, dramaturgo y periodista, considerado por
Hanna Arendt como un intelectual único, y elevado a la categoría de “influyente erudito” por el ilustre habitante del pabellón de caza de la Kapuzinerberg salzburguesa, el escritor Stefan Zweig…, el hombre del traje impecable y el sombrero de copa, ese hombre llamado Teodor Herzl fue, sin ninguna duda, el espíritu, el motor, el intelecto y la fuerza de ese magno proceso. “Im Tirtzú Ein Zo Agadá”, “si lo queréis, no será una leyenda”, proclamó en Basilea, y su lúcida frase se convirtió en la expresión del renacimiento de la autoestima judía. “Su perseverancia logró que los judíos lentamente comprendieran que la idea sionista no solo era justa, sino también realizable”, afirma Gustavo Perednik en un magnífico artículo. También significó una inyección de crudo realismo y, sobretodo, una concienciación política: no era suficiente con soñar, citar, cantar el mito de Jerusalén en cada Pascua, en cada fiesta. Se habían acabado los tiempos del lamento y el recogimiento. Él, que había escrito, entre otras, la obra “Das neue Ghetto”, daba por finalizada la triste cultura del gueto: ni asimilación, ni conversión, ni miedo. El pueblo judío tenía que vivir públicamente su identidad, normalizarla entre los pueblos de la tierra, no temerla, no añorarla, no esconderla. Y para ello, para vivirla con normalidad, tenía que dejar de ser una “anomalía nacional”. Era necesario tener un “Heimstate”, un “hogar nacional”, el bello eufemismo que se usó en Basilea para no “molestar” al imperio otomano. Es decir, era necesario tener un estado. “No nos dejemos abatir por el odio que nos rodea. Somos un pueblo y contamos millones. El mundo no puede desinteresarse de nosotros si tomamos nuestra suerte en las propias manos. Ya que somos perseguidos y se nos aparta de los demás, trabajemos para lograr una existencia nacional, libre y normal”
Quizás esta sea la primera gran aportación de Herzl, más allá incluso de
sus ideas. Su aporte fue, en primera instancia, psicológico. Cogió un pueblo
diezmado por las persecuciones, mayormente empobrecido, con la autoestima colectiva agazapada en los viejos mitos y en los viejos sueños, el pueblo con más pasado de la historia, pero sin futuro. Cogió ese pueblo y le enseño a construir el futuro. Le dotó de futuro. Cualquier in memoriam que hagamos a la figura de Teodor Herzl, tiene que empezar, inevitablemente, por situarlo en ese plano más sentimental que racional, más psicológico que argumental. Herzl fue un líder de las emociones colectivas, y desde esa indomable fuerza, fue un líder de las ideas. ¿Carisma? Sin duda. Pero algo más que carisma: impregnó de fuerza a su gente. Y, a partir de ese momento, la maquinaria de la emancipación empezó a trabajar precisa e imparable: construyó autoestima allí donde habitaban las zonas oscuras del autoodio; recuperó identidad, allí donde la asimilación había destruido las raíces; dotó de perspectiva histórica al presente y, soñando horizontes lejanos, enseñó a los judíos a creer en su libertad. “Mientras en lo profundo del corazón, palpite un alma judía, no se habrá perdido nuestra esperanza”, asegura la Hatikva de Neftalí Herz Imbe. Teodor Herzl no poetizó la esperanza del pueblo judío. Su grandeza estriba en que construyó la esperanza.
Su segunda grandeza adopta un cariz más prosaico. Sin duda el sionismo es muy anterior a Herzl, situado, en su perspectiva más simbólica, en los albores mismos de la idea del retorno. Podríamos decir que nace al día siguiente del cautiverio de los judíos de Samaria por parte del rey asirio Sargón II, y, por supuesto, durante el exilio babilonio del pueblo judío de Judá por parte del rey Nabucodonosor. Como alguien ha señalado, el primer documento sionista escrito puede leerse en la Biblia, en el salmo 137: “Junto a los ríos de Babilonia nos sentamos y lloramos recordando a Sión…” Vinculado, como concepto, al exilio y, por ende, al deseo del retorno, podríamos hablar de un sionismo, más o menos latente, más o menos emotivo, que ha acompañado toda la historia del pueblo judío en su diáspora. Pero el sionismo que Herzl convierte en movimiento histórico, cuyos notables antecedentes llegan al mismísimo Baruj Spinoza (“los judíos reconstruirán su estado cuando las circunstancias estén maduras para ello”), tienen en Moisés Mendelssohn a su más ilustre precursor, y cuya concreción más rotunda es la Primera Aliá que se produce quince años antes del Congreso de Basilea, ese sionismo no es emotivo, sino político. “Debido a su prolongada servidumbre, los judíos no tendrían el espíritu de libertad que requiere la empresa de un estado”, habría dicho Mendelssohn, en pleno siglo de las Luces, a Rochus Friedrich Conde de Zu Lynar, el terrateniente sajón que le propuso un estado judío en Palestina. Cien años más tarde, y a pesar de la destrozada autoestima, de las arcas vacías del pueblo judío, paupérrimo en muchas zonas, y de todas las dificultades que desaconsejaban la idea, el sionismo estaba maduro para transformarse en un hecho político. Herzl fue ese político para la idea política que convertía una emoción, en una posibilidad tangible. Los judíos
abandonaban para siempre el terreno escurridizo, bello pero ineficaz de la pura nostalgia.
Y de la idea, a su concreción. Mucho se ha escrito sobre su otro libro clave, el “Altneuland”, esa “Vieja Nueva Tierra” inmortalizada para siempre en el nombre de la ciudad que soñó en Eretz Israel, Tel Aviv. Rotos los sueños de la asimilación, quebrada la vieja idea de que “con elevación espiritual” se superarían todos los prejuicios antijudíos (Francia era la concreción más sangrante de esa quiebra), acuñada la convicción de la necesidad de un estado propio que acabara con la “anomalía nacional” del pueblo judío, Herzl se dedicó a la otra gran labor del estadista: dar forma al estado. La idea mítica de una Tierra de Promisión “cultivada y próspera” que él visualizó en su primer viaje a Palestina, y que plasmó en 1900 en el Altneuland, nos da la categoría moral de su gran proyecto, y también nos retrotrae a la categoría moral del personaje. Podría haber pasado a la historia por ser, solamente, el gran teórico de ciencias políticas que fue, y cuyos textos tuvieron el impacto social que solo consiguen los grandes pensamientos. Pero fiel a su iluminismo germánico, Herzl sabía que ninguna idea es realmente transformadora sino está estrechamente vinculada a una concepción ética, de ahí que no solo concibió la idea de un estado judío. Concibió, además, la idea de un estado judío modélico. “Una luz para las naciones”, escribió amparado en una concepción de socialismo utópico, cuya concreción detalló con minuciosidad. Se completaba, así, el círculo: el antisemitismo era una lacra secular que no partía de una contingencia histórica concreta, sino que era socia fundadora de la propia Europa; el affaire Dreyfus, en la patria de la libertad, era el ejemplo más paradigmático de la ineficacia de la asimilación judía; los judíos no tenían otro remedio que conseguir romper con su “anormalidad” nacional, si querían sobrevivir como pueblo; el retorno a Jerusalén pasaba del mito al proyecto, y del proyecto a la realidad posible; y, creado el estado, los judíos tenían que demostrar una calidad moral inigualable, construyendo una sociedad justa, tolerante y culta. Por soñar, lo soñó casi todo: cooperativismo agrícola, leyes sociales, tolerancia religiosa, solidaridad con los emigrantes, incluso una especie de I+D prematuro, donde la ciencia y la tecnología eran la base del desarrollo del país. Lo único que no se atrevió a soñar fue la recuperación del hebreo, quizás porqué ese era un sueño realmente inimaginable. Herzl resolvía la cuestión idiomática con una especie de federalismo lingüístico al estilo suizo. Décadas más tarde, el estado de Israel que él teorizó, concretó y soñó, decidió llegar mucho más lejos en sus sueños de lo que nunca llegó su creador: el hebreo superó el vacío de dos milenios de inexistencia, y pasó a ser una de las lenguas más dinámicas de la modernidad.
Y así fue como la bíblica Canaán, la tierra del “maná, la leche y la miel”, la anhelada Palestina, sede (en expresión de Borges) de esa “gran copa donde se han decantado y acumulado los sueños, las vigilias, las oraciones y las lágrimas de quienes no la vieron nunca pero sintieron hambre y sed de ella”, la mítica Jerusalén…, así fue como Tierra Santa dejó de ser un anhelo emocional para pasar a ser una idea política. El siguiente paso, hasta llegar al Derecho Internacional, base de la seguridad del pueblo judío, se vislumbraba complejo, duro, largo…, pero era más simple que el primer paso dado. Como bien supieron los luchadores contra la esclavitud negra, lo más difícil no es conseguir la libertad de un pueblo. Lo más difícil es creer que es posible soñarla. Y eso consiguió Herzl: consiguió hacer soñar en un tangible, después de siglos de anhelar sentimientos intangibles. En este sentido, me atrevo a asegurar que la historia podría haber dado muchas vueltas y haber tomado caminos muy diversos, pero después del impacto de la figura de Teodor Herzl en el consciente colectivo judío, todos los caminos habrían llevado a la creación del estado de Israel.
Lo que nadie podía prever, a pesar de las muchas alarmas, a pesar de siglos de retórica deicida cristiana, a pesar de la Francia de Dreyfus y de la Rusia de los progroms, como el mismo de Kishinev que Herzl presenció en persona, lo que nadie podía imaginar ni en sus peores pesadillas, es que llegaría lo que Claude Lanzmann definió como “la destrucción del alma humana”, la inmensa locura, la inmensa tragedia, la inmensa maldad del Holocausto. En mi texto “A favor de Israel” lo escribí en estos términos: “la relación de Europa con lo judío, propio y extraño a la vez, ha sido siempre la crónica de un harakiri planificado, hasta el punto de llegar a un sinsentido histórico: Europa no se explica sin lo judío y, al mismo tiempo, siempre se ha explicado contra lo judío. Es decir, contra sí misma”. Para añadir: “Finalmente, después de siglos de intentarlo, Europa ha conseguido destruir su alma judía. Al hacerlo, se ha envilecido hasta tal punto que, en cierto sentido, ha muerto. Por eso, lo que queda de Europa después del holocausto se parece tanto al esperpento valleinclanesco: el espléndido héroe épico reflejado en el espejo cóncavo. Distorsionado. Embrutecido. Desprovisto de toda grandeza”. En los hornos crematorios quemaron las vidas, los anhelos, las muchas pieles, la memoria, la historia del pueblo judío europeo. Y al pensar en ello, con ese ahogo en el alma que siempre sobreviene con la sola mención de la Shoá, no puedo evitar pensar en ese hombre altivo, clarividente y decidido que intentó todas las vías diplomáticas para conseguir un estado para su pueblo. Sus entrevistas con los grandes mandatarios de la época, con el Gran Duque de Baden, con el propio Kaiser Guillermo II, con ministros de la Corona Británica y del imperio ruso (abortadas sus expectativas de tener audiencia con el zar Nicolás II), con el rey de Italia Víctor Manuel II, con el propio papa Pío X, que le corroboró la posición clásica del Vaticano: negativa al retorno masivo de judíos a Tierra Santa… Y, por supuesto, sus diversas tentativas con el Sultán Abdul Hamid, que fue mareando la perdiz de sus esperanzas..., hasta destruirlas. Me lo imagino sacando fuerzas de su pragmatismo para intentar explicar a unos desconcertados judíos que, quizás, provisionalmente, podían intentar la colonización judía de Argentina, o que Uganda podía ser un hogar, o podía serlo la región de El-Arish, cerca del Sinaí, tal como le planteaban Lord Landsdowne, o incluso algún punto perdido de la Mesopotamia. El sueño era el retorno a Eretz Israel, pero la prioridad era conseguir un hueco propio en el Derecho Internacional, aunque fuera con la estrambótica idea de crear un hogar nacional judío en plena África oriental. Entiendo perfectamente la reacción contra Herzl de los judíos que se enfrentaron a él en el último congreso que presidió, precisamente el conocido como “Congreso de Uganda”. Pero después de los hornos crematorios y del exterminio de millones de judíos, expresó mi admiración más profunda por su visionaria obsesión. Más allá de los sentimientos, incluso más allá del derecho histórico, mucho más allá de los mitos y las liturgias, más allá de la poesía del retorno, Teodor Herzl consideró una prioridad absoluta negociar primero la dura prosa del reconocimiento internacional. Y, para desgracia de la humanidad, la historia le ha dado la razón.
No quiero, ni puedo acabar estas líneas personales de homenaje a Teodor Herzl, sin defender pública y decididamente algo que resulta, en estos tiempos, políticamente incorrecto: la bondad del sionismo. Lo digo en estos términos, porqué vivimos nuevamente tiempos agitados, sobrecargados de retóricas del odio y la intolerancia, donde la cuestión judía, y muy especialmente, la cuestión antijudía vuelven al primer plano de la actualidad. Es cierto que el antisemitismo, como lacra estructural, nunca ha dejado de ser actual, más o menos visceral en función de los países y las contingencias. Pero también lo es que, después del holocausto y de la creación del estado de Israel, éste es el momento histórico más abrupto, más alarmante y más peligroso que hemos vivido. Lejos queda el recuerdo de esa resolución 3379 que, para vergüenza de la ONU, equiparó, en 1975, al sionismo con el racismo. Aunque, si tenemos en cuenta que la ONU, a lo largo de su historia, ha emitido alrededor de un centenar de resoluciones sobre Israel, la mayoría en su contra, y solo ha emitido una tímida resolución sobre el Sudán, país que lleva la friolera de un millón de muertos en diez años de ofensiva islámica fundamentalista contra el sur cristiano y animista, podemos hacernos una idea de la credibilidad moral de la venerable Asamblea General de Naciones. Secuestrada por la voluntad de las más de 150 dictaduras que la componen, obligada a dar voz, papel y activos a países vinculados al terrorismo como Libia, Siria o Irán –Libia llegó a presidir la Comisión de Derechos Humanos, y Siria, fruto de un ácido humor negro, compone la comisión de lucha contra el terrorismo-, y rehén de la voluntad del poderoso lobby árabe, hoy por hoy la ONU es una organización claramente lesiva para Israel. Abiertamente contraria. Inequívocamente parcial. Activamente adversaria. ¿Qué pensaría Herlz, él que luchó denodadamente por conseguir el Derecho Internacional para el pueblo judío, si hoy viera cómo se usa el órgano que teóricamente tutela ese derecho, para actuar contra el derecho israelí? La historia tiene una tendencia irresistible al sarcasmo.
Aunque la resolución 3379 fue posteriormente derogada, su intención ha perdurado a lo largo de décadas y, exactamente igual que la mayoría de los tópicos antisemitas ancestrales, ha demostrado una notable buena salud. Muchos fueron los intelectuales que creyeron, después del agujero negro de la Shoá, que se había erradicado para siempre el antisemitismo. ¿Podían perdurar las maldades de los “Protocolos de los Sabios de Sión”, después de haberse convertido en la base de la propaganda de Goebbels, paso previo a la muerte de millones de personas? Y, ¿después de Auschwitz, podían creerse las patrañas del “Judío internacional” de Henry Ford, y sus teorías sobre las dos Wall Street, la buena, encabezada por la antisemita Casa Morgan, y la mala, dirigida por el complot judío mundial? ¿Se podía mantener la maldad del deicismo cristiano, después del cómplice papel con los nazis del papa Pio XII, y de la activa responsabilidad histórica de la iglesia católica, en la creación y consolidación del prejuicio antisemita? Los hechos están ahí, para desgracia de la tolerancia y para vergüenza de la inteligencia. Hoy, los “Protocolos”, al igual que el “Mein Kampf” de Hitler, son auténticos best-sellers en el mundo árabe, y lecturas habituales en todo el mundo islámico, en cuyas librerías, a menudo, forman parte de los libros de aparador. Y no hay que olvidar que, en pleno Ramadán del 2002, un canal de televisión egipcia y otras televisiones de Medio Oriente llegaron a emitir una serie de 41 capítulos titulada “Jinete sin caballo”, cuyo héroe era un árabe que, contra viento y marea, intentaba demostrar la verdad del complot judío. Por supuesto, y a pesar de las triquiñuelas del malvado judío de espesa barba y larga nariz, finalmente lo conseguía, y el éxito de la serie fue indescriptible…En el mundo occidental, las reediciones de estos libros son permanentes y uno puede encontrarse con ellos con bastante facilidad. Dos experiencias cercanas relatan mis últimos motivos de honda indignación. En abril de este año, en la víspera de tener el honor de recibir el premio Javer Olam por parte de la comunidad judía chilena, en la conmemoración del Iom Hashoa, me dediqué a pasear por los tenderetes de libros de la Plaza de Armas de Santiago de Chile. Allí, entre recopilatorios de Neruda, reediciones de Borges y antologías de Mafalda, ganaba su espacio, con un pomposo anuncio en grandes letras, el “Libro secreto de Hitler”. Sin duda, el tendero que oyó mis improperios debió pensar que estaba ante una pobre loca. Hitler y Mafalda, pues, en feliz compañía… Y hace pocos días, buceando por la Red a la búsqueda de alguno de esos textos antisemitas que abundan a miles, el buscador me envió a una web muy conocida, cuya finalidad es un mundo mejor, un discurso alternativo, la pluralidad, la solidaridad, la multiculturalidad, la biodiversidad y todo el resto de amplios conceptos abstractos tan al uso de la retórica de extrema izquierda. Conceptos que generalmente conviven en franca armonía con el antisemitismo más puro y duro. Recordemos, sino, los enormes escándalos antisemitas que significaron Porto Alegre y Durban. Y así fue. En Indymedia, el sitio estrella de todos los alternativos del mundo, me encontré con amplios fragmentos de los Protocolos, que ejemplificaban la maldad judía intrínseca y su complot para dominar el planeta. Por supuesto, también me encontré con algunos buenos insultos a mi persona, por mi actitud a favor del derecho de Israel a su existencia. La extrema derecha y la extrema izquierda, dándose la mano en el lugar común de la judeofobia.
Decenas serían los ejemplos del día a día. Ni el deicismo cristiano ha desaparecido como perversa acusación –ahí tenemos a Mel Gibson elevado a la categoría de ilustre Goebbels hollywoodense-, ni ha desaparecido de cuajo la literatura que durante décadas alimentó los caminos del odio y nos condujo a la estación final de Auschwitz, ni han sido erradicadas las más malévolas mentiras de la juedofobia. En el mundo islámico, las mentiras cabalgan en su forma ortodoxa, sin complejos neonazis, sin culpas históricas. En el mundo occidental, tan sobrecargados de mala conciencia, las hemos revestido de progresismo, las hemos reformulado con gramática alternativa, y, con su vestidito nuevo, las hemos vuelto a lanzar al ruedo. ¿Cuántos periódicos serios, cuántos sesudos intelectuales, cuántos periodistas creíbles no han hablado del “lobby judío americano” como
responsable de la guerra contra Iraq? ¿Cuántos no pasean el “poder del lobby judío de Wall Street” como responsable de cualquier política exterior norteamericana? Fusionados el antisemitismo (en su reformulación moderna: el antisionismo) y el antiamericanismo, el resultado es una nueva literatura de la intolerancia antijudía, perfectamente cuajada en la prensa, profusamente difundida en la universidad, alegremente vociferada en los púlpitos de la inteligencia, e irresponsablemente digerida por todos los estómagos de bien de nuestras ordenadas y bienpensantes sociedades. Lo escribí en estos términos en un artículo sobre la actitud de Francia respecto a los judíos: “Sin duda Francia acarrea un cargante legado histórico, a pesar de sus esfuerzos por hacer olvidar al mundo que existió el colaboracionismo francés y que miles de judíos franceses fueron enviados a la muerte. Al igual que la bonita Austria, que ha hecho creer que todo el país era la Familia Trapp, también Francia nos ha vendido que todo fue “ la resistence”: su buena mala memoria… Nada extraño en el país más antiamericano de Europa, a pesar de tener enterrados, en su tierra, más de 65.000 americanos que murieron para salvarlos. Pero la acusación de Sharon, y la acusación de la ADL americana, preocupada por la oleada antisemita en Europa, y la del mismo Parlamento Europeo a través del informe presentado en Estrasburgo, y la acusación de muchos de los que hace tiempo que alertamos sobre la amenaza, no se dirige contra una Europa o una Francia fascista, sino contra una Europa liberal pero antisemita, que no es lo mismo. Más parecida, pues, a la Francia correcta y bienpensante que condenó a Dreyfus, que no a la Francia de Vichy”. Un antisemitismo de salón, culto, bien situado, convencido de la corrección de su pensamiento, perfectamente camuflado bajo un antiisraelismo visceral y patológico, justificado con la siempre decorativa convicción de la solidaridad con los débiles. Hoy, en Europa, es políticamente correcto ser antiisraelí. Es políticamente correcto ser antisionista. Y no es políticamente correcto declararse antisemita, aunque, mayoritariamente, el antiisraelismo y el antisionismo son la fusión moderna de la judeofobia más clásica.
Sin embargo, considerar el sionismo una forma de racismo o de exclusión, y hacer, de la crítica frontal a este gran concepto, un pensamiento ético, no solo es una profunda injusticia histórica, sino que es una ignominia. Hoy, aquí, en el marco del centenario de Teodor Herzl, creo que es pertinente afirmar que el sionismo ha sido, desde el origen, un concepto justo, nacido desde una concepción justa, y pensado para construir una sociedad justa. “El mundo se liberta con nuestra libertad, se enriquece con nuestra riqueza y se engrandece con nuestra grandeza”. La expresión es de Herzl, en su “Estado judío”, pero podría ser de Mendelssohn, convencido de la estrecha relación entre judeidad y libertad, o de cualquiera de los pensadores judíos que contribuyeron decisivamente a construir el pensamiento de la modernidad, y cuya actividad intelectual siempre estuvo ligada al sentido de justicia. El sionismo nació, luchó y se consolidó como un movimiento libertador y solo desde una perspectiva de civilización y progreso, tuvo sentido. Por tanto, su aportación al pensamiento de la humanidad tiene que ver con los conceptos más nobles que pueden movilizarnos: la libertad, la convivencia, la tolerancia, la cultura y la justicia.
Sé que vivimos tiempos de confusión. Tiempos en que la distorsión informativa forma parte de los códigos deontológicos del periodismo, y convierte el complejo escenario de Tierra Santa, en una confrontación entre buenos y malos, entre víctimas y verdugos. El maniqueísmo es, hoy, una forma concurrida y aplaudida de periodismo. Tiempos…, tiempos en que la historia se reescribe y crea falsedades paralelas, recreadas como auténticas. Así, lentamente, ha ido cuajando la idea de que los judíos son usurpadores de su propia tierra, colonizadores de su propia patria, cuerpos ajenos caídos en aquel lugar del mundo por capricho del azar. Por supuesto, invasores. Tiempos…, tiempos en que un pequeñísimo país de 20,770 kilómetros cuadrados, que no ha tenido ni un solo día de paz estable, rodeado de decenas de naciones que quieren su desaparición, agredido desde fuera y desde dentro, violentado por un terrorismo cuyas raíces logísticas y financieras se hunden en los despachos oficiales de algunos lindos países miembros de la ONU, sin prácticamente aliados y con el certero convencimiento de que su supervivencia depende exclusivamente de su propia capacidad de defensa, ese país es el que tiene que pedir perdón por existir, perdón por defenderse y perdón por vencer. Tiempos en que la criminalización de Israel forma parte de la moda intelectual, mientras decenas de países teocráticos, despóticos y fanáticos salen de rositas sin apenas merecer nuestra ilustre preocupación. Tiempos en que un líder violento, corrupto y despótico como Arafat, se convierte en un héroe épico. Tiempos en que un nuevo totalitarismo, heredero directo de los dos grandes totalitarismos del siglo XX, el estalinismo y el nazismo, y como ellos antisemita, nihilista y criminal, convierte el mapamundi en la línea de fuego, socializa el terror y llena las calles del mundo con decenas de muertos. Pero en esos mismos tiempos, la principal preocupación de nuestra Intelligentsia, nuestros periodistas y nuestros activistas de la paz, es el antiamericanismo y el antiisraelismo. Tiempos… En estos tiempos de substitución de las ideas por las consignas, de los debates por las pancartas, del pensamiento complejo por el pensamiento único, el sionismo no encuentra el lugar de honor que mereciera tener. Al contrario, como el propio estado que consiguió para su pueblo diezmado, como el propio pueblo al que libertó, como la propia cultura solidaria y justa de la que nació, es denostado, demonizado y vilipendiado. Queda bien, en los salones del pensamiento, ser militantemente antisionista. La imbecilidad ilustrada está de moda.
No puedo imaginar qué habría pensado Teodor Herzl si hubiera vivido hasta nuestros días. Él, que formó parte de la elite del pensamiento del siglo XX allí mismo donde nació, en el corazón de la Mittel Europa, difícilmente podría entender la insolidaridad de la intelectualidad europea actual. Una intelectualidad que le expulsa, a él, un hombre de justicia y progreso, del pensamiento justo. Claro que…, ¿qué habría pensado del síndrome de Chamberlain que recorrió las mentes de las buenas gentes de la Europa del nazismo? Y hoy, ¿qué pensaría de de la heredera de esa organización que tenía que velar por el Derecho Internacional, la bonita, ingenua, decorativa, inútil y profusamente antiisraelí ONU?
Vivió solo 44 densos, intensos, emotivos, entregados años. Su escaso tiempo se convirtió en un tiempo inmortal, y su figura, tocada por la elegancia de una cultura elegante y un elegante porte, se proyecta más allá de sus propios logros, mucho más allá de sus propios sueños. “Im Tirtzú Ein Zo Agadá”, y así lo quisieron, y por ello no fue una leyenda. A pesar de no tener aún un estado seguro donde vivir la normalidad judía, sin la anormalidad intempestiva y cotidiana de la violencia. A pesar de respirar la libertad nacional, contaminada por el desprecio, la incomprensión y la agresión exteriores. A pesar de haber conseguido la preciada bandera en la ONU, sin poder ondear con la tranquilidad que mereciera el derecho conquistado. A pesar de tantos pesares, el pueblo judío lo quiso, y desde que lo quiso, abandonó el mito, guardo con celo la leyenda, archivó las múltiples pieles de la nostalgia, y construyó el futuro. Lo que hoy existe es fruto de la voluntad de existir y de la convicción de poderlo conseguir. Herzl sentó las bases de esa voluntad y de esa convicción. No fue rey, aunque poblaba barba de patriarca. Pero tuvo la grandeza de los grandes reyes bíblicos. Como ellos, atravesó desiertos, luchó contra los elementos, hizo temblar murallas y nunca abandonó a su pueblo. Descanse en paz para siempre en la tierra que soñó libre.
TEXTO PARA EL LIBRO HOMENAJE QUE LA ORGANIZACIÓN SIONISTA DE URUGUAY HA DEDICADO A TEODOR HERZL, EN SU CENTENARIO. 2004.
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Pilar Rahola
23/10/2004
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THEODOR HERZL,
O HOMEM DO CHAPÉU DE CARTOLA.
O sionismo tem sido, desde o origem, um conceito justo, nascido desde uma concepção justa, e pensado para construir uma sociedade justa
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Sua estampa, passeando com chapéu de cartola e bengala, pelas ruas de Budapeste e de Viena, devia ser de uma grande elegância. As imagens que temos dele, nos retroagem as épocas das barbas densas e cuidadas, o colarinho engomado da camisa, o porte altivo, a contemplação intensa. Imagino uma voz funda e um agudo sentido do humor. Talvez esse humor judeu, tão incisivo. Devia ser um homem de grande categoria. E não me refiro só ao carisma do líder, ou a mente visionária do estadista, senão na linguagem coloquial a sua faceta real, me refiro ao homem.
Tenho lido suficientes biografias de grandes nomes próprios, como saber que nem sempre o homem alcança a categoria moral de seu próprio mito. Quantos personagens portentosos debaixo da pele da fama! Quanta sordidez coabitando com a brilhantez de um papel na história!
Theodor Herzl deixou guias muito precisas de seus valores morais, e, além das palavras que marcaram o futuro de seu próprio povo, seus atos falam dele, e falam com grandeza.
Poderia haver passado pela vida sem complicá-la, rico, judeu mas assimilado, bem relacionado, alheio as vicissitudes e as tragédias que vivia seu próprio povo. Mas não todos os homens passeiam pela realidade com o espelho de Stendhal, como se a observassem sem vocação de trocá-la. O espelho de Herzl, situado ante a imagem vergonhosa dessa multidão enlouquecida que berrava "Morte aos judeus!", enquanto contemplava a cerimônia de degradação do capitão Alfred Dreyfus, esse espelho quebrou-se em pequenos fragmentos, e Theodor Herzl deixou, de ser o despreocupado correspondente em Paris do liberal "Neue Freie Presse" vienense e autor de comedias no Wallner Theater de Berlim, para ser o estadista que escreveria, em 1895, o "Der Judenstaat" (O Estado Judeu).
"Havia cessado a vida e iniciava-se o cosmos", ele mesmo relatou, enquanto contemplava os saqueios das lojas a judeus, a destruição das aulas da Faculdade de Rennes, desde onde se havia pedido uma revisão da condena, o intento de assassinato de Fernand Labori, o advogado defensor de Dreyfus, as violentas arengas de "La libre Parole" (A Livre palavra), atraindo o ódio anti-semita, incluso a militante atitude judeofóbica de um homem que ele admirava como Paul Valery ¡E todo isto em França, a pátria das liberdades!
… Herzl havia vivido alguns episódios anti-judeus em sua juventude, mas o espelho quebrado do affaire Dreyfus lhe refletia algo muito mais profundo: uma cultura do ódio densa, inexorável, ancestral e, pelo que parecia, irresolúvel. Levava a uma conclusão chave: a assimilação não era, nem seria nunca, a solução. E, em 1895 escreveu mais de cem páginas que nasceram com a vocação de fazer história: "Der Judenstaat", publicado em Viena e em Leipzig no ano de 1896, e traduzido imediatamente ao inglês, francês e russo.
Poucos meses haviam passado desde o ignominioso processo contra Dreyfus, que levaram o único capitão judeu do exército francês a uma prisão perpétua na "Ilha do Diabo". Porém para o povo judeu, esses meses foram a chave de uma mudança radical do ciclo: O povo que havia sido perseguido secularmente, ainda que nunca totalmente dominado, voltava a colocar-se em pé.
Alguns estudiosos comparam o impacto do livro de Herzl, com obras de teoria política tão fundamentais como o "Contrato Social" de Rousseau. O feito é que, para os milhares de judeus pobres e perseguidos da Europa oriental, e para os milhares da outra Europa, a que não lhes enviava cossacos com chicotes, nem perpetrava progroms, porém berrava "Morte aos judeus" nas ruas de França, ou envaidecer-se como o prefeito de Viena, a personagens de semblante judeofóbico de Kart Lueger, bem arroupado por todo tipo de agressões anti-semitas, para todos eles, o livro "O estado judeu" significou um autêntico renascer.
Assim pois, sem havê-lo buscado em forma premeditada, sem ter nenhum halo profético, sem ser um judeu militante e comprometido, Theodor Herzl se convertia num Abraham da modernidade. Ou talvez, tocado pela urgência histórica, seria ao mesmo tempo Abraham e Josué, guia na lenta encruzilhada do deserto, mas também o visionário que vislumbrava as muralhas de Jericó e decidia derrubá-las. Não em vão, nesse 29 de agosto de 1897, reunidos, no Cassino Municipal de Basiléia, cento e noventa e sete delegados de dezesseis países, pobres em sua maioria porém rigorosamente vestidos de fraque e chapéu alto, Theodor Herzl foi recebido com a mística expressão do povo judeu livre: "Tichiê Hamélech!", que viva o Rei!
As massas pobres e perseguidas de judeus do mundo lhe davam, assim, o amparo e o apoio que não lhe haviam dado nem os grandes rabinos nem as grandes fortunas (barão de Rothschild incluído), nem a plutocracia judaica da época. Não em vão é importante recordar que o primeiro Congresso Sionista tinha que realizar-se em Munique, e foram os Protestrabbiner, os rabinos alemães (Os Rabinos Reformistas), os que conseguiram que o governo bávaro não autorizasse sua celebração. Temiam que qualquer processo sionista relevante alimentaria ainda mais a besta anti-semita.
"Tichiê Hamélech", rei foi, um rei sem trono, mas com toda a força moral dos grandes patriarcas, capaz de escrever um futuro de esperança ali onde a maioria só enxergava a escuridão do presente. “Em Basiléia fundei o Estado Judeu. Dentro de 50 anos qualquer um poderá vê-lo com seus próprios olhos, escrevia em seu diário pessoal”.
Cinqüenta anos depois, e com a pesada carga da tragédia da Shoá em suas costas, os restos do naufrágio judeu se reuniam ao redor do Museu Municipal de Tel-Aviv. "Am Israel chai be-Israel", pronunciou com voz atroadora Ben Gurión, e a profecia de Herzl se cumpriu com inacreditável precisão: O povo de Israel vivia já e viverá para sempre, em Israel. Ondulando em todas as esquinas da pátria recuperada, a bandeira que David Wolffsohn havia escolhido para o novo estado livre. Esse chales de prece, antigo símbolo da vida judaica escondida e perseguida, e a partir de um 14 de maio de 1948, convertida na imagem orgulhosa e pública de um país livre.
O dialogo entre Sir Arthur James Balfour, líder do Partido Conservador britânico, e Chaim Weizmann, representante do Congresso Sionista, foi nestes termos, conforme encontrado em uns textos da Fundação Wallenberg. Estávamos nos alvores do Século XX, e a Grã-Bretanha acabava de oferecer Uganda como sede do futuro estado judeu: "Senhor Balfour, supondo que eu lhe oferecesse Paris no lugar de Londres, a aceitaria? Mas, Doutor Weizmann, nós temos Londres". "É certo, porem nós tínhamos a Jerusalém quando Londres era um pântano".
Esta história breve, e as outras muitas que poderíamos citar dos densos anos de negociações e brigas para conseguir o estado, parece, em perspectiva atual, engraçada, mas previsível. Não obstante, para chegar à frase de Weizmann, e, muito especialmente, para chegar ao estado de ânimo coletivo que permitiu verbalizar essa frase, o povo judeu teve que fazer um cumprido percurso.
E, sem dúvida nenhuma, e além de qualquer exagero intelectual, Biniamin Zeev Herzl, nascido em Budapeste em 1860 no seio de uma acomodada família sefaradí (com provável origem catalã; o sobrenome "Diamant" de sua mãe é revelador), educado no iluminismo germano, convencido secularista, escritor, dramaturgo e jornalista, considerado por Hanna Arendt como um intelectual único, e elevado à categoria de "influente erudito" pelo ilustre habitante do pavilhão da perseguida Kapuzinerberg salzburguesa, o escritor Stefan Zweig…, o homem do traje impecável e o chapéu de cartola, esse homem chamado Theodor Herzl foi, sem dúvida nenhuma, o espírito, o motor, o intelecto e a força desse magno processo.
"Im Tirtzú Ein Zo Agadá", "si o quiséreis, não será uma lenda", proclamou em Basiléia, e sua lúcida frase se converteu na expressão do renascimento da auto-estima judaica. "Sua perseverança conseguiu que os judeus lentamente compreendessem que a idéia sionista não só era justa, senão também realizável", afirma Gustavo Perednik num magnífico artigo. Também significou uma injeção de cru realismo e, sobretudo, uma concientização política: não era suficiente sonhar, citar, cantar o mito de Jerusalém em cada Páscoa, em cada festa judaica. Se haviam acabado os tempos da lamentação e o recolhimento. Ele, que havia escrito, entre outras, a obra "Das neue Ghetto", dava por finalizada a triste cultura do gueto: nem assimilação, nem conversão, nem medo.
O povo judeu tinha que viver publicamente sua identidade, normalizá-la entre os povos da terra, não temê-la, não sentir saudade, não escondê-la. E para isso, para vivê-la com normalidade, tinha que deixar de ser uma "anomalia nacional". Era necessário ter um "Heimstate", um "lar nacional", o belo eufemismo que se usou em Basiléia para não "incomodar" ao império otomano. Quer dizer, era necessário ter um estado. "Não nos deixemos abater pelo ódio que nos rodeia. Somos um povo e contamos milhões. O mundo não pode desinteressar-se de nós se tomamos nossa sorte nas próprias mãos. Já que somos perseguidos e se nos aparta dos demais, trabalhemos para conseguir uma existência nacional, livre e normal".
Talvez esta seja a primeira grande contribuição de Herzl, além incluso de suas idéias. Seu aporte foi, em primeira instância, psicológico. Tomou um povo dizimado pelas perseguições, maiormente empobrecido, com a auto-estima coletiva acaçapada nos velhos mitos e nos velhos sonhos, o povo com mais passado da história, mas sem futuro. Arrebatou esse povo e lhe ensinou a construir o futuro. Dotou-lhe de futuro. Qualquer memorial que façamos à figura de Theodor Herzl, tem que começar, inevitavelmente, por situá-lo nesse plano mais sentimental que racional, mais psicológico que argumentativo. Herzl foi um líder das emoções coletivas, e desde essa indomável força, foi um líder das idéias. Carisma? Sem dúvida.
Mas algo mais que carisma: impregnou de força a sua gente. E, a partir desse momento, a maquinaria da emancipação começou a trabalhar precisa e incontrolável: construiu auto-estima ali onde habitavam as zonas obscuras do auto-ódio; recobrou identidade, ali onde a assimilação havia destruído as raízes; dotou de perspectiva histórica ao presente e, sonhando horizontes distantes, ensinou aos judeus a acreditar em sua liberdade. "Enquanto no fundo do coração, palpite uma alma judia, não se haverá perdido nossa esperança", assegura a Hatikváh de Neftalí Herz Imbe. Theodor Herzl não poetizou a esperança do povo judeu. Sua grandeza sustenta em que construiu a esperança.
Sua segunda grandeza adota um cariz mais prosaico. Sem dúvida o sionismo é muito anterior a Herzl, situado, em sua perspectiva mais simbólica, nos alvores mesmos da idéia do retorno. Poderíamos dizer que nasce o dia seguinte do cativeiro dos judeus de Samaria por parte do rei assírio Sargón II, e, por suposto, durante o exílio babilônico do povo judeu de Judá (Reino do Sul ou Reino de Judá) por parte do rei Nabucodonosor. Como alguém tem assinalado, o primeiro documento sionista escrito pode ler-se na Bíblia, no salmo 137: "Junto aos rios de Babilônia nos assentamos e choramos recordando a Sión…" Vinculado, como conceito, ao exílio e, por tanto, ao desejo do retorno, poderíamos falar de um sionismo, mais ou menos latente, mais ou menos emotivo, que tem acompanhado toda a história do povo judeu em sua diáspora. Mas o sionismo que Herzl converte em movimento histórico, cujos notáveis antecedentes chegam ao mesmíssimo Baruch Spinoza ("os judeus reconstruirão seu estado quando as circunstâncias estejam maduras para isso"), tem em Moisés Mendelssohn a seu mais ilustre precursor, e cuja concretização mais rotunda é a Primeira Aliá que se produz quinze anos antes do congresso de Basiléia; esse sionismo não é emotivo, senão político.
"Devido a sua prolongada servidão, os judeus não teriam o espírito de liberdade que requer a construção de um estado", haveria dito Mendelssohn, em pleno século das Luzes, a Rochus Friedrich Conde de Zu Lynar, o terratenente saxão que lhe propôs um estado judeu na Palestina. Cem anos mais tarde, e apesar da destroçada auto-estima, das arcas vazias do povo judeu, paupérrimo em muitas zonas, e de todas as dificuldades que desaconselhavam a idéia, o sionismo estava maduro para transformar-se num fato político. Herzl foi esse político para a idéia política que convertia uma emoção numa possibilidade tangível. Os judeus abandonavam para sempre o terreno escorregadio, belo porém ineficaz da pura nostalgia. Da idéia, à sua concretização. Muito se tem escrito sobre seu outro livro chave, o "Altneuland", essa "Velha Nova Terra" imortalizada para sempre no nome da cidade que sonhou em Eretz Israel, Tel Aviv. Rotos os sonhos da assimilação, quebrada a velha idéia do que "com elevação espiritual" se superariam todos os preconceitos antijudaicos (França era a concretização mais sangrenta dessa realidade), acunhada a convicção da necessidade de um estado próprio que acabara com a "anomalia nacional" do povo judeu, Herzl se dedicou a outra grande missão de estadista: dar forma ao estado.
A idéia mística de uma Terra de Promissão "cultivada e próspera" que ele visualizou em sua primeira viagem a Palestina, e que plasmou em 1900 no “Altneuland”, nos da a categoria moral de seu grande projeto, e também nos retrotrae a categoria moral do personagem. Poderia haver passado a história por ser, somente, o grande teórico de ciências políticas que foi, e cujos textos tiveram o impacto social que só conseguem os grandes pensadores.
Porém fiel a seu iluminismo germânico, Herzl sabia que nenhuma idéia é de fato transformadora se não está intimamente vinculada a uma concepção ética; e daí que não só concebeu a idéia de um estado judeu. Concebeu, além disso, a idéia de um estado judeu modelo.
"Uma luz para as nações", escreveu amparado numa concepção de socialismo utópico, cuja concretização detalhou com minuciosidade. Completava-se, assim, o circulo: o anti-semitismo era uma mácula secular que não partia de uma contingência histórica concreta, senão que era sócia fundadora da própria Europa; o affaire Dreyfus, na pátria da liberdade, era o exemplo mais paradigmático da inoperatividade da assimilação judia; os judeus não tinham outro remédio que conseguir romper com sua "anormalidade" nacional, se queriam sobreviver como povo; o retorno a Jerusalém passava do mito ao projeto, e do projeto a realidade possível; e, criado o estado, os judeus tinham que demonstrar uma qualidade moral inigualável, construindo uma sociedade justa, tolerante e culta. Por sonhar, o sonhou quase todo: cooperativismo agrícola, leis sociais, tolerância religiosa, solidariedade com os imigrantes, incluso uma espécie de I+D prematuro, onde a ciência e a tecnologia eram a base do desenvolvimento do país.
O único que não se atreveu a sonhar foi a recuperação do hebraico (o idioma), talvez porquê esse era um sonho realmente inimaginável. Herzl resolvia a questão idiomática com uma espécie de federalismo lingüístico ao estilo suíço. Décadas mais tarde, o Estado de Israel que ele teorizou, concretizou e sonhou, decidiu chegar muito mais longe em seus sonhos do que nunca chegou seu criador: O hebraico superou o vazio de dois milênios de inexistência, e passou a ser uma das línguas mais dinâmicas da modernidade.
E assim foi como a bíblica Canaã, a terra do "maná, a leite e a mel", a almejada Palestina, sede (em expressão de Borges) dessa "grande taça onde se tem decantado e acumulado os sonhos, as vigílias, as orações e as lágrimas daqueles que não a viram nunca porem sentiram fome e sede dela", a mística Jerusalém…, assim foi como Terra Santa deixou de ser um anseio emocional para passar a ser uma idéia política. O seguinte passo, até chegar ao Direito Internacional, base da segurança do povo judeu, se vislumbrava complexo, difícil e longo…, mas era mais simples que o primeiro passo dado. Como bem souberam os lutadores contra a escravidão negra, o mais difícil não é conseguir a liberdade de um povo. O mais difícil é acreditar que é possível sonhá-la. E isso conseguiu Herzl: converteu um sonho numa realidade, depois de séculos de almejar sentimentos intangíveis. Neste sentido, me atrevo a assegurar que a história poderia haver dado muitas voltas e haver tomado caminhos muito diversos, mas depois do impacto da figura de Theodor Herzl no consciente coletivo judeu, todos os caminhos haviam levado a criação do Estado de Israel.
O que ninguém podia pressentir, apesar dos muitos alarmes, apesar de séculos de retórica deicida cristã, apesar da França de Dreyfus e da Rússia dos progroms, como o mesmo de Kishinev que Herzl presenciou em pessoa, o que ninguém podia imaginar nem em seus piores pesadelos, é que chegaria o que Claude Lanzmann definiu como "a destruição da alma humana", a imensa loucura, a imensa tragédia, a imensa maldade do Holocausto.
Em meu texto "A favor de Israel" escrevi nestes termos: “a relação da Europa com o judeu, é própria e estranha e às vezes, tem sido sempre a crônica de um haraquiri planejado, até o ponto de chegar a um sem sentido histórico”: Europa não se explica sem o judeu e, ao mesmo tempo, sempre se tem explicado contra o judeu. Quer dizer, contra si mesma". Para acrescentar: "Finalmente, depois de séculos de intentá-lo, Europa tem conseguido destruir sua alma judia. Ao fazê-lo, se tem envilecido a tal ponto que, em certo sentido, teria morrido. Por isso, o que fica de Europa depois do holocausto se parece tanto ao espantalho vale inclanesco: o esplêndido herói épico refletido no espelho côncavo. Distorcido. Brutalizado. Destituído de toda grandeza". Nos fornos crematórios queimaram as vidas, os desejos, as muitas peles, a memória, a história do povo judeu europeu. E ao pensar nele, com esse afogo na alma que sempre sobreviesse com a só menção da Shoá, não posso evitar pensar nesse homem altivo, clarividente e decidido que intentou todas as vias diplomáticas para conseguir um estado para seu povo.
Suas entrevistas com os grandes mandatários da época, com o Grande Duque de Baden, com o próprio Kaiser Guilherme II, com ministros da Coroa Britânica e do império russo (abortadas suas expectativas de ter audiência com o czar Nicolas II), com o rei de Itália Victor Manuel II, com o próprio papa Pio X, que lhe corroboro a posição clássica do Vaticano: negativa ao retorno massivo de judeus a Terra Santa… E, por suposto, suas diversas tentativas com o Sultão Abdul Hamid, que foi mareando a perdiz de suas esperanças..., Até destruí-las.
Eu o imagino sacando forças de seu pragmatismo para intentar explicar a uns desconcertados judeus que, talvez, provisioramente, podiam intentar a colonização judia da Argentina, ou que Uganda podia ser um lar, ou podia sê-lo a região El-Arish, perto do Sinaí, tal como lhe esboçavam Lorde Landsdowne, ou incluso algum ponto náufrago da Mesopotámia. O sonho era o retorno a Eretz Israel, porém a prioridade era conseguir um espaço próprio no Direito Internacional, ainda fora com a estrambótica idéia de criar um Lar Nacional Judeu em plena África oriental. Entendo perfeitamente a reação contra Herzl, dos judeus que o enfrentaram no último congresso que presidiu, precisamente o conhecido como "Congresso de Uganda". Mas depois dos fornos crematórios e do extermínio de milhões de judeus, expressou minha admiração mais profunda por sua visionaria obsessão. Além dos sentimentos, incluso mais adiante do direito histórico, muito além dos mitos e as liturgias, além da poesia do retorno, Theodor Herzl considerou uma prioridade absoluta obter primeiro a difícil tarefa do reconhecimento internacional. E, para desgraça da humanidade, a história lhe deu a razão.
Não quero, nem posso acabar estas linhas pessoais de homenagem a Theodor Herzl, sem defender pública e decididamente algo que resulta, nestes tempos, politicamente incorreto: A Bondade do Sionismo. O digo nestes termos, porquê vivemos novamente tempos agitados, sobrecarregados de retóricas do ódio e a intolerância, onde a questão judia, e muito especialmente, a questão antijudía voltam ao primeiro plano da atualidade. É certo que o anti-semitismo, como mácula estrutural, nunca tem deixado de ser atual, mais ou menos visceral em função dos países e as contingências. Mas também o é que, depois do holocausto e da criação do Estado de Israel, este é o momento histórico mais abrupto, mais alarmante e mais perigoso que temos vivido. Distante fica a lembrança dessa resolução 3379 que, para vergonha da ONU, equiparou, em 1975, ao sionismo com o racismo. Ainda, se temos em conta que a ONU, ao longo de sua história, tem emitido aproximadamente uma centena de resoluções sobre Israel, a maioria contra si, e só tem emitido uma tímida resolução sobre o Sudão, país que conduz a frioleira de um milhão de mortos em dez anos de ofensiva islâmica fundamentalista contra o sul cristão e animista, podemos fazer uma idéia da credibilidade moral da venerável Assembléia Geral das Nações. Seqüestrada pela vontade das mais de 150 ditaduras que a compõem, obrigada a dar voz, papel e ativos a países vinculados ao terrorismo como Líbia, Síria ou Irã -Líbia chegou a presidir a Comissão de Direitos Humanos, e Síria, fruto de um ácido humor negro, compõe a comissão de luta contra o terrorismo-, e refém da vontade do poderoso lobby árabe, hoje por hoje a ONU é uma organização claramente lesiva para Israel. Abertamente contrária. Inequivocamente parcial. Ativamente adversária. Que pensaria Herzl, que lutou denodadamente por obter o Direito Internacional ao povo judeu, se hoje visse como se usa o órgão que teoricamente tutela esse direito, para atuar contra o Direito Israelí? A história tem uma tendência irresistível à sátira.
A pesar que a resolução 3379 foi posteriormente derrogada, sua intenção tem perdurado ao longo de décadas e, exatamente igual que a maioria dos tópicos anti-semitas ancestrais, tem demonstrado uma observável boa saúde. Muitos foram os intelectuais que acreditaram, depois do agulheiro negro da Shoá, que se havia erradicado para sempre o anti-semitismo. Podiam perdurar as maldades dos "Protocolos dos Sábios de Sión", depois de haver-se convertido na base da propaganda de Goebbels, passo prévio a morte de milhões de pessoas? E, depois de Auschwitz, podiam se acreditar as patranhas do "Judeu internacional" de Henry Ford, e suas teorias sobre as dois Wall Street, a boa, encabeçada pela anti-semita Casa Morgan, e a má, dirigida pelo complô judeu mundial? Podia-se manter a maldade do deicismo cristão, depois do cúmplice papel com os nazis do papa Pio XII, e da ativa responsabilidade histórica da igreja católica, na criação e consolidação do preconceito anti-semita? Os fatos estão aí, para desgraça da tolerância e para vergonha da inteligência. Hoje, os "Protocolos", igual que o "Mein Kampf" de Hitler, são autênticos best-sellers no mundo árabe, e leituras habituais em todo o mundo islâmico, em cujas livrarias, freqüentemente, formam parte dos livros de consulta e leitura. E não se tem que esquecer que, em pleno Ramadã de 2002, um canal de televisão egípcia e outras televisões de Meio Oriente chegaram a emitir uma série de 41 capítulos intitulada "Ginete sem cavalo", cujo herói era um árabe que, contra o vento e a maré, tentava demonstrar a verdade da intriga do judeu. Sem dúvida, e apesar das tretas do malvado judeu de espessa barba e grande nariz, finalmente o conseguia, e o sucesso da série foi indescritível…No mundo ocidental, as reedições destes livros são permanentes, achando-os com bastante facilidade. Duas experiências próximas relatam meus últimos motivos de profunda indignação. Em abril do ano 2004, na véspera de ter a distinção de receber o prêmio Chaver Olam por parte da Comunidade Judia Chilena, na comemoração de Iom Hashoa, me dediquei a passear pelas barracas de livros da Praça de Armas de Santiago de Chile. Ali, entre compêndios de Neruda, reedições de Borges e antologias de Mafalda, ganhava seu espaço, com um pomposo anúncio em grandes letras, o "Livro secreto de Hitler". Sem dúvida, o merceeiro que ouviu meus impropérios devia pensar que estava ante uma pobre louca. Hitler e Mafalda, pois, em feliz companhia… E faz poucos dias, mergulhando pela Rede a procura de algum desses textos anti-semitas que existem em grandes quantidades, o pesquisador (da Internet) me enviou a uma Web muito conhecida, cuja finalidade é um mundo melhor, um discurso alternativo, a pluralidade, a solidariedade, a multiculturalidade, a biodiversidade e todo o resto de amplos conceitos abstratos tão ao uso da retórica de Extrema esquerda. Conceitos que geralmente convivem em franca harmonia com o anti-semitismo mais puro e duro. Recordemos, senão, os enormes escândalos anti-semitas que significaram Porto Alegre e Durban. E assim foi. Em Indymedia, o lugar estrela de todos os alternativos do mundo, me encontrei com amplos fragmentos dos Protocolos dos Sábios de Sion, que exemplificavam a maldade judia intrínseca e sua intriga para dominar o planeta. Seguramente, também me encontrei com alguns bons insultos a minha pessoa, por minha atitude a favor do direito de Israel à sua existência. A Extrema direita e a Extrema esquerda, dando-se a mão no comum lugar da judeofobia.
Dezenas seriam os exemplos do dia a dia. Nem o deicismo cristão tem desaparecido como perversa acusação - aí temos a Mel Gibson elevado a categoria do ilustre Goebbels hollywoodense -, nem tem desaparecido da raiz da literatura que durante décadas alimentou os caminhos do ódio e nos dirigiu à estação final de Auschwitz, nem foram erradicadas as mais malévolas mentiras da judeofobia. No mundo islâmico, as mentiras cavalgam em sua forma ortodoxa, sem complexos neonazis, sem culpas históricas. No mundo ocidental, tão sobrecarregados de má consciência, as temos revestido de progressismo, as temos reformulado com gramática alternativa, e, com seu vestidinho novo, as temos devolvido a lançar à arena. Quantos jornais sérios, quantos pseudos intelectuais, quantos jornalistas criveis não têm falado do "lobby judeu americano" como responsável da guerra contra o Iraque? Quantos não passeiam o "poder do lobby judeu de Wall Street" como responsável de qualquer política exterior norte-americana? Fusionados o anti-semitismo (em seu reformulação moderna: o anti-sionismo) e o antiamericanismo, o resultado é uma nova literatura da intolerância antijudía, perfeitamente enraizada na imprensa, profusamente difundida na faculdade, alegremente vociferada nos púlpitos da inteligência, e irresponsavelmente digerida por todos os estômagos de bem de nossas ordenadas e bem pensantes sociedades. O escrevi nestes termos num artigo sobre a atitude da França a respeito dos judeus: "Sem dúvida França acareia um aborrecido legado histórico, apesar de suas tentativas por fazer esquecer ao mundo que existiu o colaboracionismo francês e que milhares de judeus franceses foram enviados a morte. Igual que a bonita Áustria, que tem feito acreditar que todo o país era a Família Trapp, também França nos tem vendido que tudo foi " a resistence": sua boa má memória… Nada estranho no país mais antiamericano da Europa, apesar de ter enterrados, em sua terra, mais de 65.000 americanos que morreram para salvá-los. No entanto a acusação de Sharon, e a acusação da ADL americana, preocupada pela oleada anti-semita na Europa, e a do mesmo Parlamento Europeu através do relatório apresentado em Estrasburgo, e a acusação de muitos dos que faz tempo que alertamos sobre a ameaça, não se dirige contra uma Europa ou uma França fascista, senão contra uma Europa liberal porém anti-semita, o que não é o mesmo. Mais parecida, pois, a França correta e bem pensante que condenou a Dreyfus, que não fez com a França de Vichy". Um anti-semitismo de salão, culto, bem situado, convencido da correção de seu pensamento, perfeitamente camuflado sob um anti-israelismo visceral e patológico, justificado com a sempre decorativa convicção da solidariedade com os fracos. Hoje, na Europa, é politicamente correto ser anti-israelí. É politicamente correto ser anti-sionista. E não é politicamente correto declarar-se anti-semita, ainda, majoritariamente, o anti-israelismo e o anti-sionismo são a fusão moderna da judeofobia mais clássica.
De qualquer maneira, considerar o sionismo uma forma de racismo ou de exclusão, e fazer, da crítica frontal a este grande conceito, um pensamento ético, não só é uma profunda injustiça histórica, senão que é uma ignomínia. Hoje, aqui, no cenário do centenário de Theodor Herzl, acredito que é pertinente afirmar que o sionismo tem sido, desde o origem, um conceito justo, nascido desde uma concepção justa, e pensado para construir uma sociedade justa. "O mundo se liberta com nossa liberdade, se enriquece com nossa riqueza e se engrandece com nossa grandeza". A expressão é de Herzl, em seu "Estado Judeu", porem poderia ser de Mendelssohn, convencido da estreita relação entre judeidade e liberdade, ou de qualquer dos pensadores judeus que contribuíram decisivamente para construir o pensamento da modernidade, e cuja atividade intelectual sempre esteve ligada ao sentido de justiça. O sionismo nasceu, lutou e se consolidou como um movimento libertador e só desde uma perspectiva de civilização e progresso, teve sentido. Portanto, sua contribuição ao pensamento da humanidade tem que ver com os conceitos mais nobres que podem mobilizar-nos: a liberdade, a conveniência, a tolerância, a cultura e a justiça.
Sei que vivemos tempos de confusão. Tempos em que a distorção informativa forma parte dos códigos deontológicos do jornalismo, e converte o complexo cenário da terra Santa, numa confrontação entre bons e maus, entre vítimas e carrascos. O maniqueísmo é, hoje, uma forma concorrida e aplaudida de jornalismo. Tempos…, tempos em que a história se reescreve e cria falsidades paralelas, recriadas como autênticas. Assim, lentamente, tem sido enraizado a idéia do que os judeus são usurpadores de sua própria terra, colonizadores de sua própria pátria, corpos alheios caídos naquele lugar do mundo por capricho da casualidade. Seguramente, invasores. Tempos…, tempos em que um pequeníssimo país de 20.770 quilômetros quadrados, que não tem tido nem um só dia de paz estável, rodeado de dezenas das nações que querem seu desaparecimento, agredido desde fora e desde dentro, violentado por um terrorismo cujas raízes logísticas e financeiras se afundam nos escritórios oficiais de alguns lindos países membros da ONU, sem praticamente aliados e com a certeira convicção de que sua sobrevivência depende exclusivamente de sua própria capacidade de defesa, esse país é o que tem que pedir perdão por existir, perdão por defender-se e perdão por vencer. Tempos em que a criminalidade de Israel forma parte da moda intelectual, enquanto dezenas de países teocráticos, despóticos e fanáticos saem de rosas sem mal merecer nossa ilustre preocupação. Tempos em que um líder violento, corrupto e despótico como Arafat, se converte num herói épico. Tempos em que um novo totalitarismo, herdeiro direto dos dois grandes totalitarismos do século XX, o stalinismo e o nazismo, e como eles anti-semita, niilista e criminal, converte o mapa-múndi na linha de fogo, socializa o terror e enche as ruas do mundo com dezenas de mortos. Mas nesses mesmos tempos, a principal preocupação de nossa Intelligentsia, nossos jornalistas e nossos ativistas da paz, é o antiamericanismo e o anti-israelismo. Tempos…Nestes tempos de substituição das idéias pelas consignas, dos debates pelas faixas, do pensamento complexo pelo pensamento único, o sionismo não encontra o lugar de distinção que merecesse ter. Ao contrário, como o próprio estado que conseguiu para seu povo dizimado, como o próprio povo ao que libertou, como a própria cultura solidária e justa da que nasceu, é denotado, demônizado e vilipendiado. Fica bem, nos salões do pensamento, ser militantemente anti-sionista. A imbecilidade ilustrada está de moda.
Não posso imaginar que haveria pensado Theodor Herzl se houvesse vivido até nossos dias. Ele, que formou parte da elite do pensamento do século XX ali mesmo onde nasceu, no coração da Mittel Europa, dificilmente poderia compreender a insolidaridade da intelectualidade européia atual. Uma intelectualidade que lhe expulsa, a ele, um homem de justiça e progresso, do pensamento justo. Claro que…, que haveria pensado do síndrome de Chamberlain que percorreu as mentes das boas gentes da Europa do nazismo? E hoje, que pensaria da herdeira dessa organização que tinha que velar pelo Direito Internacional, a bonita, ingênua, decorativa, inútil e profusamente anti-israelí ONU?
Viveu só 44 conglomerados, intensos, emotivos, dedicados anos. Seu escasso tempo se converteu num tempo imortal, e sua figura, tocada pela elegância de uma cultura elegante e um elegante porte, se projeta além de seus próprios logros, muito além de seus próprios sonhos. "Im Tirtzú Ein Zo Agadá", e assim o quiseram, e por isto não foi uma lenda. A pesar de não ter ainda um estado seguro onde viver a normalidade judia, sem a anormalidade intempestiva e cotidiana da violência. Apesar de respirar a liberdade nacional, contaminada pelo desdenho, a incompreensão e a agressão exteriores. Apesar de haver adquirido a apreciada bandeira na ONU, sem poder ondear com a tranqüilidade que merecesse o direito conquistado. Apesar de tantos pesares, o povo judeu o quis, e desde que o quis, abandonou o mito, guardou com assiduidade a lenda, arquivou as múltiplas peles da nostalgia, e construiu o futuro. O que hoje existe é fruto da vontade de existir e da convicção de podê-lo conseguir. Herzl as sentou as bases dessa vontade e dessa convicção. Não foi rei, mesmo que tendo barba de patriarca. No entanto teve a grandeza dos grandes reis bíblicos. Como eles, cruzou desertos, lutou contra as circunstâncias e personagens, fez tremer muralhas e nunca abandonou a seu povo. Descanse em paz para sempre na terra que sonhou livre.
TRADUÇÃO: RABINO PROFESSOR RUBEN NAJMANOVICH
REVISORES: DR. MOYSES WASSERMAN E PROFESSORA PATRICIA BEAL FUENTES.
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Pilar Rahola
23/10/2004
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1
Re: Teodor Herzl, el hombre del sombrero de copa.
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otro gallo cantase si el sionismo al implantarse en su zona hubiera sido espejo de convivencia y generador de riqueza para todos.
El pobre arrendatario al ver que el "señorito" de Damasco vendia la finca al judio europeo o americano sabia que en aquella la tierra de padres y abuelos se convertia en un paria sin techo. A esos vientos estas tempestades
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Autor : ESPOLIN
Data de publicació : 08/01/2008 20:07:02
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